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Más allá del falso dilema: la disputa real es entre capitalismo y socialismo

  • Foto del escritor: Sangre Roja
    Sangre Roja
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Por Sangre Roja




A raíz de los últimos conflictos a nivel mundial, se ha instalado con fuerza en el debate público la idea de que vivimos una pugna decisiva entre democracia y autoritarismo. En ese marco, amplios sectores de las izquierdas liberales se han volcado a la defensa de la democracia, como si ese fuera el último bastión posible de la política popular.


Sin embargo, si algo nos ha enseñado el siglo XX y los conflictos geopolíticos más recientes es que esta lectura no solo resulta insuficiente, sino también engañosa. No porque el autoritarismo no sea real, sino porque atribuye a la democracia liberal una función que, en rigor, nunca tuvo.


Desde una perspectiva materialista, la democracia liberal no fue concebida para garantizar condiciones materiales mínimas y dignas de existencia. Su función histórica ha sido otra: otorgar legitimidad política al poder del Estado en una sociedad dividida en clases. En ese sentido, el Estado no es un proyecto de bienestar ni de igualdad sustantiva, sino una forma específica de organización del poder bajo el capitalismo.


El Estado burgués no surge para resolver el conflicto social, sino para administrarlo. Su función central es impedir que el antagonismo entre clases se desborde y ponga en riesgo el orden existente. La democracia cumple aquí un papel clave: canaliza el conflicto, lo institucionaliza, lo vuelve gobernable. No elimina la desigualdad ni la explotación; las normaliza bajo la forma del consenso.


Por eso es un error afirmar que la democracia “falló”. En rigor, la democracia liberal funciona exactamente como fue diseñada. Puede coexistir perfectamente con sueldos que no alcanzan, pensiones miserables, endeudamiento masivo, territorios abandonados y vidas precarizadas. La forma democrática se mantiene, mientras el contenido material se vacía: se vota, pero no se incide: No sobre la propiedad, ni sobre la riqueza socialmente producida, ni sobre el sentido del trabajo, ni sobre las condiciones reales de vida.





Cuando la política renuncia a disputar la economía, la democracia se reduce a procedimiento. Se transforma en una vitrina institucional que legitima decisiones tomadas en otro lugar: en el mercado, en los grandes grupos económicos, en estructuras que no son electas ni controlables por la mayoría. Entonces, defender esa democracia, sin tocar la base material que la sostiene, es defender un orden que produce desigualdad como condición de funcionamiento.


En este escenario, el autoritarismo no aparece como una anomalía externa ni como un “retroceso” inexplicable. Surge como herramienta, cuando el capitalismo ya no logra integrar a las mayorías mediante promesas de bienestar, recurre al orden fascista como sustituto. Cuando el consenso deja de funcionar, se impone la coerción. La “seguridad” reemplaza a los derechos; el control, a la inclusión.


Capitalismo y autoritarismo, por lo tanto, no son opuestos naturales. El capitalismo puede funcionar perfectamente con derechos recortados, con protesta criminalizada y con territorios militarizados, mientras la acumulación continúe. Lo que se protege no es la democracia en abstracto, sino la propiedad, el mercado y el poder de los grandes capitales. Cuando la democracia ya no logra legitimar ese orden, el Estado endurece sus formas sin cambiar su función de clase. Aquí está el punto que el relato liberal evita: la disputa central no es democracia versus autoritarismo. Ese eje oculta el problema de fondo, la disputa real es capitalismo versus socialismo, no como consigna del pasado, sino como una pregunta concreta por la vida cotidiana: ¿quién controla la riqueza que producimos?, ¿para quién funciona el Estado?, ¿qué vidas se protegen y cuáles se sacrifican?


El socialismo, en este sentido, no es una abstracción moral ni un ideal romántico, es la posibilidad de romper con un orden donde la economía manda sobre la vida, es la idea de que la riqueza social no puede seguir concentrándose en pocos mientras la mayoría sobrevive endeudada y precarizada, es disputar la propiedad, el trabajo y lo común como base de cualquier proyecto democrático real.


Por eso, defender la democracia sin disputar el capitalismo es insuficiente. No porque la democracia sea irrelevante, sino porque, sin transformación material, queda reducida a un mecanismo de legitimación del poder burgués, siempre disponible para ser vaciado o endurecido según lo exija la acumulación. La pregunta del presente no es solo institucional: es estructural. O seguimos administrando un sistema que necesita desigualdad para existir, o construimos una alternativa que ponga la vida en el centro. Y esa alternativa, nos guste o no, se llama socialismo.

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