El relato del “Cártel de Los Soles”: Acusar primero y comprobar después (o nunca)
- 7 ene
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Por Wido Contreras, poblador de Huechuraba y trabajador social.

En la política contemporánea, la acusación se ha convertido en un artefacto de poder más eficaz que la prueba, más veloz que la justicia y más rentable que la verdad. No necesita sentencia ni cierre institucional: le basta con circular. En un sistema comunicacional acelerado, fragmentado y emocional, la acusación ya no busca resolver un conflicto, sino instalar un marco, producir daño simbólico y disputar sentido.
El caso del llamado “Cartel de los Soles”, atribuido durante años al régimen de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, ilustra con crudeza este fenómeno. La acusación fue instalada con fuerza pero sin pruebas, amplificada globalmente y utilizada como argumento geopolítico y moral. Sin embargo, cuando el propio sistema judicial de EEUU comienza a retirar cargos y, por tanto, elementos centrales de esa narrativa, el impacto público es mínimo. El desmentido nunca circula con la misma intensidad que la denuncia. La sospecha permanece, incluso cuando la acusación se retira.
Este patrón no es exclusivo de la política internacional. Donald Trump ha construido gran parte de su capital político en una relación ambigua y conflictiva con los medios de comunicación: los acusa de mentir, de perseguirlo, de operar como enemigos del pueblo, mientras se alimenta permanentemente del conflicto que esa misma cobertura genera. Trump es, al mismo tiempo, víctima declarada y beneficiario estratégico del escándalo mediático. La acusación —hacia él o desde él— funciona como combustible permanente de visibilidad.
Esta lógica no es exclusiva de grandes potencias ni liderazgos autoritarios. Chile no está al margen de esta dinámica. El caso conocido como “Patito Verde” lo demuestra con claridad. Lo que comienza como una investigación relevante sobre redes de desinformación, uso de bots y manipulación digital en contexto electoral, termina rápidamente encapsulado en una crisis personalizada: nombres propios, declaraciones cruzadas, renuncias, réplicas. El fenómeno estructural —la existencia de operaciones comunicacionales coordinadas para distorsionar el debate democrático— queda en segundo plano, desplazado por el ritmo del escándalo.
Esta dinámica no opera en un vacío ni afecta a todos por igual. La capacidad de acusar, instalar sospechas y producir daño simbólico no es simplemente una consecuencia de la tecnología o de la velocidad informativa, sino de una estructura mediática marcada por profundas asimetrías. No todos los medios poseen el mismo alcance, la misma capacidad de convertir una denuncia en verdad social. La acusación, en este sentido, no es solo una práctica comunicacional, sino un recurso de poder, históricamente concentrado en determinados actores con mayor capacidad de definir qué conflictos importan, cuáles se amplifican y cuáles se disuelven en el ruido.
Aquí emerge un riesgo profundo para los medios de comunicación. No se trata solo de sesgos editoriales o errores puntuales, sino de una transformación más inquietante: la posibilidad de que los medios terminen reproduciendo la lógica que dicen combatir. Cuando la cobertura se organiza en torno al conflicto permanente, la acusación y la respuesta, la denuncia y la contra-denuncia, la deliberación democrática se empobrece y la complejidad se pierde.
Desde una mirada democrática, este fenómeno debería preocuparnos especialmente. No porque debamos proteger a los poderosos de la crítica —todo lo contrario—, sino porque una democracia sana necesita algo más que denuncias virales y condenas anticipadas. Necesita procesos, contexto, proporcionalidad y responsabilidad comunicacional. Cuando la acusación sustituye al debate, el espacio público se convierte en un tribunal emocional sin debido proceso.
El problema, entonces, no es solo quién acusa o a quién se acusa, sino el ecosistema que convierte la acusación en un fin en sí mismo. En ese escenario, la verdad deja de ser un horizonte común y pasa a ser un recurso táctico. La política se vacía de proyecto y se llena de ruido. La ciudadanía, lejos de empoderarse, queda atrapada entre narrativas enfrentadas que exigen adhesión emocional más que reflexión crítica.
Casos como el “Cartel de los Soles”, Donald Trump o Patito Verde no son anomalías aisladas. Son síntomas de un mismo malestar comunicacional: una esfera pública tensionada por la velocidad, la polarización y la lógica del espectáculo. Recuperar la densidad democrática del debate no implica silenciar denuncias, sino sostenerlas con rigor, contexto y responsabilidad.
Hoy, más que nunca, el desafío de los medios no es solo informar rápido, sino resistir la tentación de convertir cada conflicto en espectáculo. Porque cuando la acusación se vuelve permanente y la verdad circunstancial, lo que se erosiona no es la imagen de un actor político específico, sino la confianza misma en la democracia como espacio común.





