“Plan Maestro” para Gaza tras el genocidio: El prototipo colonial para la nueva ofensiva del imperialismo
- Pincoyazo

- hace 2 días
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Primero actuó el complejo militar industrial para destruir y ahora viene el capital inmobiliario a “reconstruir”, junto a un nuevo sistema económico y social controlado vía inteligencia artificial que necesita acabar con la identidad del pueblo palestino para proyectarse en el tiempo. Desaparece así la ilusión liberal de un orden mundial basado en normas a partir de “Estados soberanos”.
Estados Unidos eligió el Foro Económico Mundial de Davos -donde se reúne la elite política-empresarial capitalista- para presentar el “Plan Maestro de Gaza” con el que pretende hacer del genocidio del pueblo Palestino una oportunidad de negocios a través de la reconstrucción de la ciudad destruida, pero esta vez en forma de turismo de elite. “No existe ni existirá un plan B” dijo Jared Kushner, yerno del presidente adicto al solarium y maestro de ceremonias de la perversión capitalista.
New Gaza o la destrucción creativa del capitalismo
Presentado como un plan para la reconstrucción del territorio arrasado por Israel desde octubre del 2023, y apoyado con imágenes realizadas con inteligencia artificial, la propuesta de Trump no ofrece soluciones sobre habitabilidad post-guerra del pueblo palestino, ni una restauración de zonas agrícolas ni mucho menos la búsqueda de justicia ante los crímenes de guerra cometidos por la entidad sionista. Al contrario, Estados Unidos ofrece un polo de inversión inmobiliaria y tecnológica (IA) para atraer capitales norteamericanos a edificar un prototipo de ciudad como Las Vegas o Dubai sobre escombros y cadáveres.

“Soy una persona de bienes raíces de corazón y todo es cuestión de ubicación. Y me dije, mira este lugar en el mar, mira esta hermosa propiedad, lo que podría ser para tanta gente”, dijo el presidente naranja y principal representante del imperialismo.
El plan, que es la segunda fase de la propuesta llevada adelante por Trump desde 2025 y que fue aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU, exuda imperialismo por todas partes: pretende construir extensas avenidas arboladas frente al mar, más de 100 mil viviendas, 200 centros educativos, 180 instalaciones culturales, y 75 centros médicos.
Según las láminas expuestas, la propuesta será capaz de crear 500.000 puestos de trabajo (presumiblemente mano de obra barata de otras latitudes o peor aún, los mismos gazatíes) durante los 3 años que dure su construcción, que considera el retiro de 60 millones de toneladas de escombros y la reubicación temporal de la totalidad de la población de Gaza durante la construcción de la distópica ciudad.
Pensado en al menos cuatro fases, el plan de Trump comenzará con la reconstrucción total de la ciudad de Rafah, para luego, en su segunda y tercera fase, construir centros hoteleros, infraestructura vial y digital, junto con la edificación de campos de refugiados, en algún lugar de la franja, y así reconstruir la ciudad de Gaza como ciudad turística y polo de desarrollo tecnológico.

El prototipo de ciudad inteligente que el imperialismo quiere implementar
La propuesta gringa es clara, “El plan pretende abordar una de las causas fundamentales de la insurgencia actual en Gaza: su diseño urbano", señala en la presentación de Davos. Tal como Napoleon III y su plan Haussman para la reurbanización de París luego de las olas revolucionarias, Trump y su yerno quieren reconfigurar la ciudad de gaza, donde las grandes avenidas o corredores puedan dominar el centro y el exterior de la ciudad, con barrios/ciudadelas segregadas entre centros de datos y campos de golf rodeadas por autopistas (en las que puede pasar un tanque o carro de combate).
El modelo de ciudad proyecta dos zonas que incluyen modelos productivos y gobernanza bajo procedimientos dirigidos por inteligencia artificial controladas por Israel. Para participar dentro de la ciudad inteligente, el proyecto presenta un modelo de tokenización, donde los palestinos deben entregar su propiedad para recibir una membresía permanente y acceso a una vivienda básica en las zonas residenciales.
La movilidad al interior de la ciudad estará controlada gracias a complejos sistemas de seguridad y control biométrico diseñados por Israel que seguirán cada paso de los futuros ciudadanos. El buen comportamiento de los ciudadanos es una preocupación enorme de la junta de paz, y cualquier vínculo con Hamas, o algún intento de organización distinta a las que son parte de la junta ejecutiva será sancionada con la expulsión permanente o la cárcel.

Turismo sobre los escombros y cadáveres de Gaza: Urbanismo imperialista
El plan imperialista de reconstrucción de Gaza tiene bastante similitud con algunas ciudades como Las Vegas o Dubai. Ciudades que se organizan en base a un corredor central o lineal que permite recorrerlas de punta a punta, facilitando el tránsito ininterrumpido. Este modelo de ciudad norteamericana es altamente funcional y eficiente para el flujo de capital, y tiene como fin el desarrollo de un circuito de hoteles de lujo en toda la costa de Gaza (colores rosados), elemento que unifica y da continuidad a las áreas agrícolas y residenciales (colores amarillo y verde), rematando en la punta sur con las áreas de infraestructura vial y aeroportuaria para sellar la frontera con Egipto.
En este modelo, los palestinos deben entregar sus propiedades a la junta ejecutiva controlada por Trump como parte de pago para adquirir una membresía permanente (tokenización) en la futura ciudad pero excluidos, fragmentados y sin autonomía política, de lo contrario, serán expulsados y expropiados. En definitiva, un nuevo proceso de acumulación a partir del despojo que posibilitó el genocidio transmitido en vivo a todo el mundo.
La futura ciudad se encargará de borrar toda manifestación de identidad Palestina, desde su arquitectura, centros religiosos y espacios de alto valor simbólico hasta su sistema educativo, pues este también tiene un apartado dentro del plan de reconstrucción de Gaza.
La propuesta se entiende como parte de una estrategia que busca acabar con la identidad de un pueblo, sometiéndolo a una forma de vida que le es ajena y que reconfigura las identidades culturales de una nación completa, primero bajo el peso de un urbanismo occidental que se piensa en función de los intereses de Estados Unidos e Israel, y luego bajo un sistema político que anula cualquier capacidad propia del pueblo palestino para tomar decisiones sobre su vida y el espacio que habita.
Junta de la paz, el fideicomiso de Trump que administrará Gaza y reemplaza a la ONU
Durante el Foro Económico celebrado en Davos, el régimen de Washington anunciaba la inauguración oficial del organismo y presentaba su carta fundacional donde se declaraba la misión y visión de la organización y las obligaciones de cada miembro dentro de la junta.
En su carta, no se hace en ningún momento mención a Gaza o al pueblo Palestino, esto hace pensar que esta junta, que inicialmente tiene una duración de 3 años para administrar Gaza y acabar con sus organizaciones políticas, entre ellas Hamas, pueda ser un prototipo para administrar futuras zonas arrasadas por la guerra y entregar al capital internacional y a Estados Unidos la administración de zonas en conflicto, paises o regiones.

¿Cómo funciona la Junta por la Paz?
El organismo, que inicialmente agrupa a dos países de la región: Paraguay y Argentina, junto a reyes árabes y países como Hungría, Turquía y por supuesto, Israel, tiene una estructura jerárquica controlada por EEUU.
La Junta de Paz fue diseñada bajo estatutos privados que concentran todo el poder en una sola figura: el “presidente Trump”, nombrado de forma vitalicia. Este puesto no está sujeto al voto de los miembros ni la rotación típica como sucede con otras instituciones internacionales que buscan venderse como democráticas, sino que otorga facultades para tomar decisiones unilateralmente, imponer iniciativas propias y vetar cualquier acción del resto de los miembros. O sea, poder duro y sin disfraz.
Aunque su carta fundacional afirma “promover estabilidad” o “asegurar una paz duradera en zonas de conflicto”, los mecanismos internos revelan una lógica completamente opuesta: la selección arbitraria de miembros, el cobro de cuotas millonarias (mil millones de dólares para quienes no hayan sido invitados) para asegurar una membresía permanente y la subordinación de cualquier decisión a la voluntad del presidente, quien, según los estatutos, podría retener el cargo incluso después de dejar la Casa Blanca.
Este diseño, que a todas luces es una organización privada internacional para multiplicar los capitales de los actores interesados en zonas de conflicto, tiene implicaciones profundas para la estructura del sistema internacional. En la práctica, se trata del intento de Trump y la administración de Washington de llevar adelante lo que declararon en su nueva doctrina Monroe, es decir, socavar el papel de las Naciones Unidas como articulador del multilateralismo.
En suma, bajo la retórica de “paz duradera”, este nuevo organismo es parte de la ofensiva imperialista sobre los pueblos del mundo, en donde la estabilidad no se entiende como justicia social o posibilidades de desarrollo por parte de las naciones pobres con conflictos artificiales activos, sino como el mantenimiento del status quo favorable al imperialismo yanki.
La ofensiva imperialista ya está en marcha
El llamado “Board of Peace” o Junta por la Paz, presentado con bombos y platillos en Davos, no es otra excentricidad personal de Donald Trump: es la consolidación institucional de una concepción del mundo donde la política internacional deja de ser un espacio de negociación entre pueblos soberanos y se convierte en una junta corporativa global, muy al estilo empresarial que caracteriza a esta administración. Un club cerrado en el que un asiento permanente cuesta mil millones de dólares y cuya presidencia vitalicia recae en Trump.
Bajo esta lógica, la democracia y la soberanía quedan reducidas a simples formalidades y los Estados actúan como intermediarios del gran capital después de la masacre. Los territorios en conflicto y sus poblaciones pasan a ser tratados como activos administrables, sujetos a planes de reestructuración, control y rentabilización.
Gaza aparece así como el primer laboratorio de este modelo. No como un territorio con historia, identidad, derechos y autodeterminación, sino como un espacio a ser “optimizado”: vigilancia biométrica, economía digital completamente trazable, control social tecnocrático y programas de “reeducación” inspirados en el higienismo de los Emiratos Árabes Unidos. La ocupación se disfraza de modernización; el control, de reconstrucción, donde el urbanismo funciona como dispositivo de subyugación en la larga lucha contra el pueblo Palestino.
En este esquema, Jared Kushner, el yerno de Trump, no es un mediador ni un actor diplomático, sino el gestor ideal, la perfecta mezcla entre sionismo y capital inmobiliario que logró traducir la causa palestina al lenguaje de los números, convertir la ocupación en una oportunidad de negocio y transformar la paz en un producto financiero.
El plan de Washington para Gaza no surge del derecho internacional ni de la historia del conflicto, sino del manual operativo de una empresa inmobiliaria, donde el territorio es una variable sólo en términos económicos y la población un costo a administrar.
La certeza que guía es ideológica y económica: la convicción de que el destino de esa tierra ya está decidido, y que la única discusión legítima es cómo maximizar su rentabilidad. En ese marco, la paz deja de ser un proceso de justicia y reparación para convertirse en un dispositivo de control, diseñado para garantizar estabilidad a los mercados, no dignidad a los pueblos.




