La trampa de estudiar para seguir siendo empleable
Por Profesionales ConVocación

Terminamos una carrera y nos dijeron que ahora venía el trabajo.
Después apareció el diplomado. Luego el magíster. Más tarde una certificación. Una especialización. Un curso de actualización. Hoy, para muchos profesionales, estudiar ya no es una etapa de la vida: es una condición permanente para no quedar atrás.
Nos convencieron de que mientras más estudiáramos, mejor nos iría.
El problema es que Chile está llegando a un punto en que esa promesa empieza a mostrar sus límites.
Durante el primer trimestre de 2026, el 41,5% de la fuerza laboral tenía educación superior técnica o profesional completa. Al mismo tiempo, el desempleo entre quienes contaban con formación universitaria alcanzó 8,9%, y distintas estimaciones sitúan el subempleo profesional en torno al 30%.
Tenemos más profesionales que nunca. Y, sin embargo, una parte importante de ellos trabaja en puestos que no requieren aquello que estudió o directamente no encuentra un empleo acorde con su formación.
Frente a esto, la respuesta habitual vuelve a recaer sobre la persona.
¿No encuentras trabajo? Mejora tu empleabilidad.
¿Tu carrera perdió valor? Especialízate.
¿No tienes las competencias que busca el mercado? Reconviértete.
¿Tu título ya no alcanza? Estudia otro.
La contradicción es evidente: mientras el sistema no consigue aprovechar plenamente las capacidades profesionales que ya existen, seguimos diciéndoles a las personas que la solución consiste en acumular nuevas capacidades y nuevas credenciales.
Así funciona una de las grandes trampas de nuestro modelo educativo: un problema estructural termina convertido en una responsabilidad individual.
La formación continua nació para algo razonable. Los conocimientos cambian, las profesiones evolucionan y las personas necesitan actualizarse. Nadie podría cuestionar eso.
El problema comienza cuando actualizarse deja de ser una posibilidad y se transforma en una obligación permanente para conservar el valor de un título que el propio mercado ha ido depreciando.
En 2025, el postítulo fue el segmento de la educación superior que más creció: 30,4% en un solo año. La cifra puede leerse como un aumento de la especialización. Pero también puede leerse de otra manera: como la expansión de un mercado que vende nuevas credenciales a personas que necesitan diferenciarse en un mercado laboral cada vez más competitivo.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos estudiando para saber más o para parecer más empleables?
No son necesariamente lo mismo.
Cuando estudiar se convierte principalmente en una inversión individual para competir, el conocimiento deja de ser el centro. Lo importante pasa a ser el certificado que demuestra que tenemos determinado conocimiento.
El resultado puede ser una carrera sin final.
La licenciatura ya no basta. El diplomado tampoco. Entonces aparece el magíster. Después otra certificación. Y cuando todos tienen el mismo magíster, necesitamos otra especialización.
No porque el conocimiento haya avanzado necesariamente al mismo ritmo, sino porque las credenciales necesitan seguir diferenciándonos.
Esta lógica también tiene consecuencias sobre aquello que estudiamos.
El mercado puede detectar rápidamente una oportunidad y convertirla en un programa educativo. Si existe demanda por inteligencia artificial, liderazgo, herramientas digitales, neurodiversidad o gestión, aparecerá una oferta dispuesta a satisfacerla.
Pero los problemas más urgentes de una sociedad no siempre son los más rentables.
Chile puede ofrecer decenas de alternativas para especializarse en nuevas herramientas de gestión y, al mismo tiempo, tener enormes dificultades para producir conocimiento acumulado sobre problemas como la pérdida de aprendizajes, la violencia escolar, el ausentismo, la segregación territorial o las dificultades de acceso a la vivienda.
No es que esos problemas no interesen.
Es que no siempre existe un mercado dispuesto a financiar su estudio con la misma velocidad.
Ahí está una de las grandes discusiones que hemos evitado: ¿quién decide qué conocimiento vale la pena producir?
Si la respuesta es exclusivamente el mercado, corremos el riesgo de terminar formando profesionales para responder a las oportunidades existentes, en lugar de desarrollar capacidades para enfrentar los problemas que como sociedad todavía no sabemos resolver.
Y la contradicción es aún mayor si consideramos que Chile destina alrededor de 0,4% de su PIB a investigación y desarrollo, muy lejos del promedio de la OCDE.
Tenemos una enorme cantidad de profesionales y una capacidad comparativamente pequeña para convertir ese capital humano en investigación y conocimiento colectivo.
Entonces quizás el problema no sea que estudiamos demasiado.
Quizás estudiamos demasiado solos.
Cada profesional intentando mejorar su currículum. Cada trabajador intentando no quedar obsoleto. Cada persona pagando por una nueva certificación para mantenerse competitiva.
Mientras tanto, discutimos poco sobre qué instituciones necesitamos para que ese conocimiento se comparta, se acumule y se ponga al servicio de problemas colectivos.
La educación no debería ser una carrera infinita para demostrar que todavía valemos en el mercado.
Estudiar debería permitirnos comprender mejor el mundo, desarrollar nuevas capacidades y participar en su transformación.
Chile no necesita necesariamente menos profesionales.
Necesita dejar de mirar a sus profesionales solamente como individuos que deben hacerse empleables y comenzar a mirarlos como una enorme capacidad colectiva todavía subutilizada.
Porque si la única respuesta que tenemos frente a un mercado laboral que no utiliza nuestras capacidades es estudiar nuevamente, quizás el problema no está en cuánto nos falta estudiar.
Quizás está en el tipo de sociedad que estamos construyendo con todo lo que ya sabemos.





